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Devocionales
Dios se acercó
Jill Carattini
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Hace poco estaba reorganizando algunos estantes de mi biblioteca, y encontré algo que evidentemente había estado fuera de lugar durante mucho tiempo. Era una pequeña escena Navideña tallada en madera de olivo que inadvertidamente había quedado allí desde la Navidad anterior. La tomé en la mano, y cuando pensé en guardarla en el garaje en una de las cajas donde tenía mis otros adornos de Navidad, algo me estremeció el corazón. Decidí que sería mejor anticiparme dos meses y, no la guardé.

Por extraño que parezca, este incidente coincidió con la mención que hizo un amigo de algunos pensamientos sobre la Navidad, y de repente pareció que el Adviento me había rodeado. En un sermón pronunciado el 2 de Diciembre de 1928, Dietrich Bonhoeffer dijo: "La celebración de Adviento es posible solamente para aquellos que están con el alma atribulada, que se reconocen como pobres e imperfectos, que están esperando que venga algo más grande. Para ellos, es suficiente esperar con humilde temor hasta que el Santo mismo venga a nosotros, Dios en el niño del pesebre. Dios viene, el Señor Jesús viene. La Navidad viene. Cristianos, ¡regocijaos!" El hecho de estar en este escenario Navideño con tanta anticipación repentinamente me pareció un pensamiento sabio pero acusador. Yo me había limitado a encasillar a la fiesta dentro de cierto mes, pero ¿y el significado de lo que la fiesta nos recuerda? Si el Adviento nos recuerda lo que esperamos en Diciembre, ¿Octubre nos recuerda y nos mueve a esperar algo?

La historia de la Natividad nos resulta hermosa y familiar, y aunque reconocemos su trascendencia, la sacamos de nuestra mente así como guardamos en cajas los adornos de Navidad. En Octubre, una escena Navideña parece fuera de lugar. Aquí, puesta en este estante, mi escena Navideña, lejos de las luces y del árbol, parece incongruente. Pero mirando esta talla a la luz de la cercanía del Adviento, me golpea la ironía de que, cuando estoy en medio de las luces y los sonidos de la Navidad, experimento precisamente esta misma sensación de "estar fuera de lugar".

Bonhoeffer continua: "Cuando llega la Navidad y escuchamos los villancicos familiares y cantamos los himnos de Navidad, nos suceden cosas. Se ablanda el corazón más duro. Recordamos nuestra infancia. Nos sentimos de nuevo como nos sentíamos entonces, especialmente si ahora estamos separados de nuestra madre. Nos cubre la añoranza por los tiempos pasados, los lugares distantes… y también nos cubre el bendito y vivo deseo por un mundo sin violencia o sin dureza de corazón. Pero hay algo más: Un deseo vivo por estar en la habitación segura del Padre eterno. Y todo esto eso lleva nuestros pensamientos hacia la maldición del desamparo que acongoja al mundo".

Más que ningún otro mes, Diciembre pesa sobre mi corazón con la realidad de mi propia añoranza. Es allí cuando recuerdo que tengo problemas en el alma y estoy buscando algo más grande; cuando recuerdo que soy pobre e imperfecto, y que estoy fuera de lugar, y escucho nuevamente el suave toque a mi puerta. Como aquella escena Navideña sobre mi estante, soy un extranjero en un país extranjero, pero he sido invitado a casa. El Adviento tiene que ver con aquello de esperar a alguien que nos abrace en nuestra añoranza y nos muestre el hogar. No es Diciembre lo que nos recuerda que estamos lejos del hogar, sino la Natividad de Dios, la encarnación de Cristo. Y cada día del año está bajo la influencia del hecho de que Dios se acercó, y de que Cristo nuevamente irrumpirá en nuestro mundo, en nuestra añoranza, en nuestro pecado, y en nuestra muerte.

En su sermón de Adviento, Dietrich Bonhoeffer ofreció una oración digna de ser pronunciada también en Octubre: "Señor Jesús, ven y habita con nosotros, humanos como somos, y derrota a lo que nos derrota. Ven al centro mismo de mi mal, acércate a mi infidelidad. Comparte mi pecado, que odio y no puedo dejar. Sé mi hermano, tú, que eres el Dios Santo. Sé mi hermano en el reino del mal y el sufrimiento y la muerte. Ven a mi muerte, ven a mi sufrimiento, ven a mi lucha con el pecado. Y hazme santo y puro, a pesar de mi pecado y de mi muerte".

Cada día, no importa en qué momento del calendario estamos, una vocecita suave contesta persuasivamente a nuestro clamor: "Yo estoy a la puerta y llamo", (Apocalipsis 3:20).


Jill Carattini es la Editora General de A Slice of Infinity de los Ministerios Internacionales Ravi Zacharias, en Atlanta, USA.
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